Quejas por largas demoras en atención médica a los jubilados

En Luján, un ex viñatero tardó seis meses en saber la razón de su dolencia. En Malargüe cuentan que ni el hospital local los atiende. En el Gran Mendoza es casi imposible conseguir quién los atienda.

Por Horacio Yacante

Luis Mateo Ibarra tiene 73 años y dificultades para mantenerse erguido. A los trabajos pesados que realizó durante cuarenta años en medio de las viñas, se les sumó una artritis reumatoidea y una afección crónica en los riñones. Sin embargo no es el único peso que carga, ya que desde que tiene PAMI recorre mensualmente los diez kilómetros que separan a Blanco Encalada del centro de Luján, para hacerse un control que dura apenas unos minutos y que le da acceso a una receta que canjea en la farmacia. Con los remedios en la mano, él también se siente como algo que se pasan los médicos, como si fuera descartable.

El caso de Ibarra se suma al de miles de mendocinas y mendocinos que cuentan con la obra social estatal, y que diariamente son víctimas de un sistema que no solo no los cuida, sino que los maltrata a través de la indiferencia, la desidia, turnos tardíos y la falta de respuestas. Quienes cuentan con un respaldo económico terminan desistiendo y acuden a clínicas privadas. Pero quienes no pueden darse esos lujos, pueden llegar a esperar turnos que oscilan entre los sesenta y noventa días.

María Elena (hija de Ibarra), comenta que tardaron dos meses en que lo atendiera el médico de cabecera y otros dos más para comenzar a hacer los análisis que le pidió para conocer el motivo de su dolencia. Sin embargo, debido a la alta demanda, terminó pagando a un laboratorio privado, para no tener que no se cumplan los “seis meses que se demora el Pami para saber qué le ocurre a nuestros padres”, protestó.

Con sus 75 años “bien llevados” y una convicción religiosa inquebrantable, Yolanda Castro asiste todos los domingos en la mañana a la iglesia Tabernáculo de la Fe, ubicada a media cuadra de la Escuela de Medicina Nuclear. Sin embargo, desde que en junio de este año la asaltaron y tiraron al suelo, una fractura de uno de sus brazos la obligó a estar a merced de otra violencia aún más aguda, es decir, la imposibilidad de ser atendida por los prestadores de PAMI. Olga, hermana menor de “Yoly”, comenta cómo fue la travesía de conseguir una prótesis necesaria para la soldadura de los huesos, que tardó en llegar un mes. A esto se suma los servicios del centro médico ambulatorio SEMA, al que aun llamando diariamente, difícilmente acceden a un turno.

Ahora bien, quien decide recurrir a la salud privada no le va mucho mejor. Según Julio Varas, un jubilado malargüino, vivir en ese departamento sureño y tener PAMI es como si “no perteneciera a Argentina”. El hombre, comentó que un golpe sufrido en un dedo de la mano le terminó ocasionando una serie de trámites infructuosos en una ciudad donde ni el Hospital Regional acepta órdenes de la obra social. Esto, recién llegó a su fin “cuando guardó el carnet y abrió la billetera”, para pagar los $600 que le costaron la consulta en una clínica local y los $150 en remedios que compró. 

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