Por Walter Vargas (Agencia Télam) La Selección Nacional llega al partido de hoy al cabo de una larga y tortuosa travesía y, por curioso que parezca, del mismo modo que ya no hay margen para el error tampoco hay margen para esperar soluciones mágicas o la imponencia de un gran equipo: lo único que es […]

Por Walter Vargas (Agencia Télam)

La Selección Nacional llega al partido de hoy al cabo de una larga y tortuosa travesía y, por curioso que parezca, del mismo modo que ya no hay margen para el error tampoco hay margen para esperar soluciones mágicas o la imponencia de un gran equipo: lo único que es dable esperar, lo único, es que los propios jugadores estén a la altura de sus circunstancias.

Sí, por cierto, sus circunstancias, puesto que las circunstancias se dan por descontadas.

Bien sabemos de su entramado y del punto de cocción del jueves en la Bombonera, cuando dos puntos vitales coquetearon toda la noche, al cabo se evaporaron y dejaron allanado el camino de una eventual catástrofe futbolera.

Una catástrofe que, según se perfila el escenario, será impedida pura y exclusivamente por la influencia de los jugadores de camiseta albiceleste.

Parece obvio y desde la lógica formal no sólo parece, es: son los jugadores los que corren tras la pelota, se las ven con los adversarios y convierten los goles en el arco de allá y deben evitarlos en el arco de acá.

Pero en este caso, en el caso por llegar a su consumación hoy en el estadio Atahualpa de Quito, esa ley elemental cobrará una dimensión gigantesca.

La dirigencia de la AFA, cabeza institucional de la Selección y por ende de la Selección que afrontó las Eliminatorias, hizo todos los desaguisados habidos y por haber. Huelga abundar.

Los entrenadores de turno tampoco ofrecieron la mejor versión de un líder con todas las de la ley: el prometedor Tata Martino se desdibujó hasta límites insospechados, el Patón Bauza declinó su manual más aprendido y mientras intentaba aprender de otros manuales se autodestruyó y Jorge Sampaoli dispone del hándicap de un tiempo de trabajo relativo del mismo modo que sufre los perjuicios de lo actuado.

Y de lo actuado por Sampaoli no se deduce un fracaso rotundo, pero tampoco el cumplimiento de lo sugerido por sus antecedentes y urgido,