Por Walter Shmidt (DyN): La clase política, oficialismo y oposición, reprobó durante el último mes del año la materia “impuesto a las ganancias”, al transformarse en un culebrón de bajo nivel que dejó expuesto las limitaciones de ambos bandos y las mezquindades sectoriales. Por un lado, el gobierno de Mauricio Macri minimizó el reclamo por […]

Por Walter Shmidt (DyN): La clase política, oficialismo y oposición, reprobó durante el último mes del año la materia “impuesto a las ganancias”, al transformarse en un culebrón de bajo nivel que dejó expuesto las limitaciones de ambos bandos y las mezquindades sectoriales.

Por un lado, el gobierno de Mauricio Macri minimizó el reclamo por la modificación del impuesto a las ganancias, primero enviando un proyecto cuyo beneficio es transitorio ya que, una vez que en 2017 se cierren las paritarias, la masa de trabajadores que deberán pagar el gravamen será mayor que ahora.

Y en segundo lugar, porque creyó que siendo diciembre y sesiones extraordinarias el escenario del tratamiento del nuevo proyecto, sería menos gravitante. Lejos de eso, se convirtió en el tema excluyente del fin de año, marginando incluso la tradicional “amenaza de saqueos y conflictos sociales” de diciembre.

Detrás de esa falta de oportunismo del oficialismo subyace una mochila más pesada para el Presidente: el haber prometido en campaña la eliminación del impuesto a las ganancias.

Si bien el kirchnerismo nunca amagó eliminarlo, Macri y sus socios radicales llegaron al poder con una promesa de cambio, sobre todo, rechazando la demagogia o las promesas incumplidas. Este es el primer caso que involucra al gobierno.

De hecho, esa decisión del Ejecutivo de pagar el precio de no modificar ganancias, cuya principal damnificada es la clase media, que en un número importante votaron a Cambiemos en el 2015, fue corroborado por el Jefe de Gabinete, Marcos Peña.

Al ser consultado si el Gobierno podrá eliminar el impuesto a los trabajadores antes de 2019, Peña esquivó la respuesta: “El mensaje es reducir la injusticia de que trabajadores con el sueldo más bajo paguen las escalas más altas”.

En la vereda de enfrente, el peronismo en sus distintas expresiones, de la mano de los gobernadores, de la CGT, de Sergio Massa y otros dirigentes ortodoxos, creyó ver que se ponía de pie y empezaba a moldear una verdadera oposición, homogénea y desequilibrante.

Con el correr de las horas el proyecto, que para peor fue aprobado por la Cámara de Diputados sólo por oponerse al gobierno, comenzó a mostrar errores garrafales en las cifras, afectando a los propios promotores de la pulseada con la Casa Rosada: los gobernadores.

Los mandatarios provinciales debieron admitir que la iniciativa los perjudicaba en miles de millones de pesos. Massa y Kiccillof pasaron a ser dos de los exponentes que pagaron caro la movida.

Finalmente, el todoterreno Miguel Ángel Pichetto logró homogeneizar el discurso del PJ-FPV en el Senado, maquillar los errores y hacer dos movidas clave: primero, solicitarle al Presidente que convoque a una mesa nacional para consensuar un proyecto.

Y en segundo término, luego que el gobierno anunciara la convocatoria al diálogo, aunque por separado, a la CGT, gobernadores y legisladores, Pichetto se encargó de emplazar al Ejecutivo: hasta el miércoles hay tiempo de consensuar algo, de lo contrario, ese día intentará el peronismo votar el imperfecto proyecto aprobado por Diputados.