Los monjes acusados de abuso se comparan con Jesús en una carta

A través de una misiva que dieron a conocer públicamente, los miembros de la orden de Cristo Orante de Tupungato, dijeron que, lo que les pasa, es como la pasión de Cristo.

En las últimas horas, se conoció la carta de uno de los monjes mendocinos acusados de abuso, Diego Roque. Allí, decidió negar los hechos por los cuales se lo ha señalado y, en un texto cargado de religiosidad y misticismo, compara lo que le ocurrió con la pasión de Cristo.

La misiva se dio a conocer el mismo día en que el Arzobizpado de Mendoza decidió cerrar de forma “preventiva y provisoriamente” el Monasterio ubicado en el departamento de Tupungato.

Como sea, en la carta Roque habla en su nombre y el de su compañero, Oscar Portillo, según refiere en su misiva. También agradece a quienes dan su apoyo y describe el estado de las celdas donde se encuentran alojados. “La guerra, finalmente, ha comenzado. Bendito sea Dios. Como todo soldado sabe los miedos y temores, angustias e incertidumbres, son fantasmas horrendos que terminan definitivamente cuando el primer fogonazo da comienzo a la contienda. Ahí terminan los miedos y empieza la Acción de Dios. Por eso, de nuevo: comenzó la guerra, arrancó el combate; ¡Enhorabuena!”, comienza la carta ad hoc.

Luego, Roque explica: “Estamos muy bien ambos con el padre Oscar y de un modo estable, constante, sin siquiera altibajos pasajeros. Son tantas gracias las recibidas desde la detención el día del discípulo amado, que no sabemos ya donde acaudalarlas en este estrecho lugar”.

Acto seguido, el monje compara lo que les ocurre con la pasión de Cristo: “No me animo casi a escribirlo pero de algún modo estamos contentos de poder padecer esto por Nuestro Amado Dios y Señor que pasó por esto y ¡tanto más! Una sola tentación nos asecha pero la rechazamos entre ambos: el creernos los Van Thuam, cuando estamos a muy lejos de padecer todo eso”.

En otro orden de cosas, Roque no evita describir el lugar donde ambos se encuentran detenidos: “Compartimos este calabozo, el subsuelo, casi sin luz del sol (ni reloj) con siete reclusos. La selección no puede ser mejor. Hasta rezamos antes de comer. Nos hicimos de un recodo de este laberinto y lo marcamos como territorio, de modo que los otros nos la respeten. Celebramos la Misa, algo clandestina, con un permiso algo precario pero no es peligroso. Los guardias saben. Los demás reclusos nos ayudan a juntar cajas y cartones y armar el altar, y un cura nos pasó hostias, vino y un misalito. Rezamos el oficio, adoramos al Señor, el Rosario, y demás yerbas. Todo en un clima, en una atmosfera que linda con lo inefable. Hay mucha Luz divina en esta tiniebla”.

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