La naturaleza del lunes, al infinito y más allá

En determinado momento, parece que la vida nos encuentra parados en un espacio temporal que no es el más acorde, el más correcto. De golpe nos acordamos también que hay que tenerle mucho respecto. La ayuda de algunos empezó a brotar naturalmente, como suele ocurrir en esto casos. Pero también, en cuanto la cosa se […]

En determinado momento, parece que la vida nos encuentra parados en un espacio temporal que no es el más acorde, el más correcto. De golpe nos acordamos también que hay que tenerle mucho respecto.

La ayuda de algunos empezó a brotar naturalmente, como suele ocurrir en esto casos. Pero también, en cuanto la cosa se acomodó, algunos volvieron a poner en marcha la picadora del día a día. Y empezaron a buscar cómplices para hablar mal del Gobierno (ya sea nacional, provincial, municipal, el de Noruega, Estados Unidos o la unión vecinal del barrio). Y todos tienen la culpa. Difamar y maldecir con cualquier pretexto. Pero si se me ocurre saltearme la fila, pasar el semáforo en rojo, hacerme “el vivo bárbaro”, redondear los números, no es grave. Por esa pavada no van a pensar que soy culpable de algo.

Es que así somos, cuando no queremos sumar. Como el que camina directo y con paso firme hacia la caca de perro y la esquiva a último momento. O como al que le preguntan por un lugar de la zona o una calle, y siempre dice “no sé, disculpame, no soy del barrio, no soy de acá”. Como el que pide asiento a los gritos, tipo “¡asiento por favor!”, cuando una embarazada sube al micro. Y obviamente el gritador viaja de pie. Y está el que le gusta hacerle pequeños “osos” a los repartidores callejeros de volantes. Enrollar el diario y pegarle al capó de los autos que invaden la senda peatonal. O ponerle cara al conductor de “mirá la violación a los derechos del peatón que estás cometiendo”. Subir escaleras detrás de las chicas con buen venir (o con afortunado traste). Simular que yo no soy yo cuando en la vereda de enfrente algún conocido pronuncia a los gritos descarnados mi nombre, y por momentos hasta mi apellido.

Igual, la cuestión es muy simple. Si no estás conforme con todo lo que te necesita este planeta, nos vamos un rato para la galaxia del infinito y más allá. El otro día leía una nota que decía más o menos así: “Tan grande es el universo que ahora la ciencia necesita de la ayuda de civiles para bautizarlo. Pero, ojo, que la propuesta no es gratuita: es a cambio de unos dólares que la compañía espacial Uwingu (nacida el pasado agosto e integrada por astrónomos, científicos planetarios y educadores de la materia) permite que la gente dé nombre a los planetas lejanos que continúa encontrando. Todo comenzó cuando se descubrió un planeta del sistema estelar Alfa Centauri (ubicado a 4.3 años luz de distancia) casi del mismo tamaño que la Tierra. Al feliz hallazgo (que fue anunciado en revista Nature) se lo llamó Alpha Centauri Bb. Pero, conscientes de lo poco interesante de la elección y en un intento publicitario por recaudar fondos para financiar la exploración espacial, ahora Uwingu propone darle un nuevo bautismo. Así, por cinco dólares (a cambio oficial), cualquiera puede participar de la propuesta y, a la vez, ganar premios por ofrecer los mejores nombres planetarios”.

Ya sabés. Si te molesta lo que pasa en la redondeta, esta es una nueva forma para que los terrícolas de todas las edades, de todas las naciones, de todas las clases sociales, se puedan conectar personalmente con los descubrimientos espaciales y puedan, además, ayudar a financiar la educación y la investigación espacial. Eso si, te manguean unos verdes. Eso no te molesta, no? Qué son unas pocas lechugas hoy, eh? Eh? Ah? Eh? Bueno basta, hasta el próximo lunes.