La extraña respuesta evolutiva del ser*

Jonathan Swift, el escritor de "Los Viajes de Gulliver" se inspiró para escribir su famosa novela en un fenómeno de la Teoría de la Evolución llamado gigantismo insular (o por contraposición, enanismo insular). Este curioso fenómeno existe, y se produce en islas apartadas o ecosistemas cerrados como por ejemplo las Islas Galápagos, Nueva Zelanda o […]

Jonathan Swift, el escritor de "Los Viajes de Gulliver" se inspiró para escribir su famosa novela en un fenómeno de la Teoría de la Evolución llamado gigantismo insular (o por contraposición, enanismo insular). Este curioso fenómeno existe, y se produce en islas apartadas o ecosistemas cerrados como por ejemplo las Islas Galápagos, Nueva Zelanda o algunas islas del mediterráneo, donde viven lagartijas de 5 metros de largo, tortugas que pesan 400 kilos, gallinas de 1 metro de alto y todo ese tipo de cosas. La causa se explica por factores tales como la ausencia de grandes depredadores y competidores para ciertos animales y porque como en el principio de los tiempos, la evolución de la especie fue marcada sólo unos cientos de ejemplares de la misma.

Pero estas islas donde viven gigantes, que nos puede parecer de literatura infantil, lo vivimos sin embargo todos los días en nuestra sociedad. En nuestros trabajos y nuestras escuelas, en los pueblos aislados y en todo aquello que podemos imaginar como un ecosistema cerrado aunque sea por un lapso de tiempo. En todos estos lugares aparece algo muy parecido al gigantismo insular: personas que a falta de competencia se sienten gigantes. Mujeres cuyos egos crecen inconmensurablemente ante la ausencia de verdaderas divas que las opaquen. Hombres que, dadas determinadas condiciones de su hábitat, se convierten en dioses y ellos mismos se ponen a repartir sus propias estampitas.

A continuación, 3 casos para ilustran la idea. Juzguen ustedes en cuál se encuadran:

1) La única mujer del curso, o la última coca fría en el desierto

Es común en ecosistemas como las escuelas técnicas o en algunos C.E.N.S. Recuerdo particularmente que en 3er año no tuve ninguna compañera. En 4to, al haber menos cursos en la escuela, hubo redistribución de gente y nos tocaron dos ejemplares en suerte. Eran consideradas directamente hijas de los dioses del Olimpo. Eran las únicas personas del curso que tenían pelo largo y se lo lavaban por lo menos día por medio. No recuerdo si tenían muchas otras cualidades. Pero para los vaguitos aquello era como contemplar a la Venus del Milo. Ellas en cambio jamás saludaban a nadie. Nos miraban a todos desde un planeta superior mientras examinaban con desdén si tenían las puntas florecidas.

Hace poco me encontré con una de ellas por la calle. La miré y sonreí sin querer al reconocerla. Ella me sonrió y me saludó.

2) El hijo de la directora, o el primogénito de los dioses

Él era el niño mimado de una de las escuelas más caretas de Bowen City. Todas las nenas del colegio y de algunos otros menos caretas le hacían llegar cartitas de amor. En la secundaria volvió a salir mejor promedio y quizás fue el único en la historia de Bowen que vistió unas Reebok Pump para las clases de educación física. No se destacaba tanto como jugador de tenis en el club, sin embargo paseaba sus raquetas por el pueblo tanto como lo hacía con sus novias.

Cuando vino a vivir a Ciudad para estudiar, se dio cuenta de pronto de varias cosas: que era un poco más bajo que el resto, que las chicas de acá no se daban vuelta para verlo y que los chicos no creían mucho en su pasado de gloria.

Finalmente abandonó los estudios para volverse a su querida Bowen. Pero como dice Sabina, al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver. Descubrió que junto a él, también habían emigrado del pueblo a otras ciudades (con éxito) toda esa generación que había sido constitutiva por años de su fama de ganador.

3) La suerte fugaz y la gloria eterna                                                                 

Finalmente, una historia simpática que muestra cómo la continua adaptación de los seres vivos en la naturaleza puede tardar millones de siglos en desarrollarse, o apenas dos tiempos de 45 minutos en la historia. La ausencia de grandes competidores en un partido entre los padres del jardín de 4, puede hacer que, de pronto, uno de los individuos desarrolle nuevas habilidades y hasta termine clavando el gol del triunfo. Taquitos, gambetas y hasta dedicar uno de los goles a todas las madres, ante los ojos poco felices del resto de los padres que no veían una pelota desde los 18 años. Su fugaz paso como uno de los gigantes del fútbol quedará para siempre en el recuerdo de todos aquellos que estuvieron esa tarde en el patiecito del jardincito Plin-Plin.

*Idea informativa e informal de Luis Gabriel Ruszaj.