El investigador Frederic Martel sostiene que el mundo se abre a un cambio de paradigma para el que será necesario regular la privacidad y los abusos de conglomerados como Google y Facebook.

En una nueva visita por Argentina, el investigador francés Frederic Martel se refirió a la disolución de las fronteras entre lo público y lo privado generada a partir de la transición entre la paranoia desatada tras el atentado a las Torres Gemelas en 2001 a la actual exposición casi impúdica de la intimidad a través de canales como Facebook o Instagram.

- Télam: Cada vez más la gente se informa a través de las redes sociales, que a su vez se rigen por un sistema de algoritmos que “intuyen” los gustos y afinidades de sus usuarios. ¿Cómo es posible entonces acceder a la diversidad?

- Frederic Martel: Somos víctimas de una dominación bastante fuerte, de un abuso de posición dominante. Es cierto que hoy muchas personas consultan los medios a través de la web, a través de la cual también escuchan música y miran series de televisión. Cada smartphone tiene un promedio de 25 aplicaciones, aunque utilizamos unas diez solamente, mayoritariamente Facebook, Google Maps, Whatsapp, Messenger, Instagram... Este universo conforma un ecosistema concentrado en unos pocos dueños. Por eso es indispensable regular esas empresas para evitar distorsiones y que evadan impuestos. En el resto de los contenidos el problema es menos la uniformación que va a provocar Google o Facebook que un encierro en una burbuja personal que nos limite a una pequeña comunidad de amigos y su centro de interés, mientras queda al margen de la diversidad.

- T: Otro aspecto decisivo es que hoy las redes funcionan bajo una lógica de cantidad: todo se mide en términos de likes alcanzados, de comentarios obtenidos, de visualizaciones. ¿Qué alternativas hay para que la importancia del contenido no quede en segundo plano?

- F.M.: Ahí entramos en el mundo maravilloso de los algoritmos. Nunca hay que olvidar que un algoritmo es el producto de operaciones que codifican un dato y hacen lo que quieren con él. El algoritmo depende siempre de lo que el codificador le dijo que hiciera. En segundo lugar, estamos en los comienzos de la historia de los algoritmos. No sabemos cómo van a evolucionar. Obviamente esa es una fuente de inquietud pero a la vez de gran esperanza. Internet no es ni bueno ni malo en sí mismo: depende de lo que vamos a hacer con eso. El tercer elemento sobre los algoritmos es que por el momento siguen siendo imperfectos. Son buenos para decir lo que sucede en el mundo actual o conseguir el pasaje más barato de avión, pero muy malos para predecir lo que querés escuchar como música a la mañana en función de tu estado de ánimo. El algoritmo no puede preveer el éxito ni el gusto.

- T: Hace unas décadas se veía a las redes con cierta paranoia suponiendo que iban a funcionar como dispositivos de vigilancia, y hoy por el contrario hay una exposición casi impúdica de la intimidad que tiene su consagración máxima en la selfie ¿Cómo se explica esta transición tan drástica?

- F.M.: Sí, tenemos miedo de la NSA (la agencia de inteligencia del Gobierno de los Estados Unidos que se encarga de la seguridad de la información) que podría infiltrar nuestros teléfonos, pero al mismo tiempo posteamos fotos en Facebook o Instagram que describen los aspectos más íntimos de nuestras vidas. Podríamos decir que es la paradoja de la vida humana. Creo que tenemos que desconfiar de dos cosas: por un lado de las herramientas como las que puede disponer la NSA, pero por el otro de los recursos que tienen hoy Facebook o Google, que poseen más información sobre nosotros que la propia NSA. Al mismo tiempo hay una necesidad de educación en tecnología digital, lo que llamo la alfabetización digital, que podría explicar a la gente los peligros del acceso casi irrestricto a la vida privada y la concentración a partir de las redes.