Por Walter Vargas (Agencia Télam) River llegó a la Bombonera con el propósito de hacer estallar el campeonato, Boca fue partícipe indispensable de la detonación, unos cuantos se alimentaron del flamante banquete de suspenso y resulta que ahora, cuando quedan 18 puntos en juego, hay un mínimo de siete equipos habilitados a soñar en grande. […]

Por Walter Vargas (Agencia Télam)

River llegó a la Bombonera con el propósito de hacer estallar el campeonato, Boca fue partícipe indispensable de la detonación, unos cuantos se alimentaron del flamante banquete de suspenso y resulta que ahora, cuando quedan 18 puntos en juego, hay un mínimo de siete equipos habilitados a soñar en grande.

Por empezar, y en clave de un estricto acto de justicia, los sueños más dulces son los del propio River, que en plena racha victoriosa de procesión y campana ya se sabe en octavos de final de la Copa Libertadores y con los hipotéticos tres porotos del partido que adeuda con Atlético Tucumán quedaría a solo uno de sus primos de la Ribera.

Un escenario insospechado allá por la víspera de la jornada 16, pongamos, cuando Boca parecía de acero inoxidable, maquillaba sus baches defensivos con goles por doquier y aguardaba la visita de Talleres de Córdoba, un adversario igual de respetable como de factible de superar.

Sucedió que Reynoso selló el triunfo de Talleres y desde entonces Boca ya no fue el mismo aun cuando ganó en San Juan y en la cancha de Vélez y en la Bombonera se impuso con lo justo a Defensa y Justicia y aplastó a Arsenal, el peor entre los peores entre 30 participantes.

Desde el tropiezo con Talleres hasta anoche mismo el todavía puntero del campeonato sumó 15 puntos de un total de 27 y no sólo dilapidó una renta considerable, también inspiró a discutir el podio incluso a tres o cuatro que estaban en otra cosa.

Si los números cantan, hoy se hacen oír de norte a sur que Boca está tres puntos por delante de San Lorenzo, cuatro por delante de River, Newell’s y Banfield y con cinco más que Estudiantes de La Plata y Colón, pero semejante escalafón en el contexto de una merma de nivel y de enfoque expresada los protagonistas directos, los jugadores, pero remitida a sugestivos despistes de Guillermo Barros Schelotto.

Amén de sostener un sistema que le había dado varios toques de atención y a un par de defensores de muy baja prestación, el entrenador con ayudante de campo por duplicado devino en pelotazo en contra cuando el domingo dejó en el banco al colombiano Wilmar Barrios y puso en la cancha a Walter Bou, con lo cual despreció un alerta más grande que el Amazonas: Boca penaba porque un rato defendía muy mal y otro rato directamente no defendía.

De equipo a equipo River fue mucho más que Boca, que por curioso que parezca merodeó el empate en un Superclásico con todo su lugar y una rica alternancia de héroes y villanos: Augusto Batalla había llamado a Boca al partido con un tremendo blooper y después le cerró el arco con una doble tapada sublime, y Fernando Gago, que había sido uno de los pocos de los suyos capaces de imaginar la remontada, fue al cabo el involuntario gestor del gol que rubricó la faena del Millonario y que dejó al campeonato al rojo vivo.