Lo ocurrido en Olavarría es una mezcla de desidia organizativa, ausencia del Estado e irresponsabilidad del público.

No aprendemos. Nunca. En este país necesitamos muertos para cambiar. O para hacer de cuenta que algo cambia. Vivimos en riesgo. Lo buscamos. No tomamos dimensión de nada.

Todos los que habitualmente vamos a los recitales del Indio Solari lo sabíamos íntimamente. “Acá no pasa un desastre de milagro”, decíamos siempre después de los shows faraónicos. Pero pasa el tiempo y volvemos a meternos en la multitud, a caminar como ganado, a tratar de cuidarnos entre nosotros porque nadie más nos cuidará, a ser parte de una masa de doscientas mil personas en la que cualquier cosa puede pasar.

Desde que Solari dejó de tocar en estadios porque le quedaban chicos –el último fue en el Padre Martearena, en Salta, en 2011– el fenómeno que genera se empezó a desmadrar. No hubo desgracias que lamentar hasta el sábado, pero cada toque convocaba más de cien mil personas, con controles muy precarios, muy poca presencia del Estado y con un público irresponsable que no entiende de límites.

Después del recital de Solari en Mendoza en diciembre del 2014, en este espacio escribimos. “Con el tiempo, el ricotero se ha transformado en un masoquista. Bajo su fanatismo acepta todo, con tal de ver a su ídolo: lluvias, fríos, calor sofocante, barro increíble, salir como ganado de los recitales. Pareciera que ver a Solari, para miles y miles de personas, ya es un acto de fe. No ponen en duda nada. No critican nada. Sólo van y se bancan todo”.

Nada cambió. Es más, todo se potenció. El Indio siguió haciendo recitales con muy pocos controles, dejando librado al azar la seguridad de las miles y miles de personas que lo idolatran, y los ricoteros, enajenados, enamorados, ciegos, bancando todo tipo de situaciones porque así es el aguante, todo vale, nada importa con tal de estar ahí rindiéndole pleitesías a esa especie de deidad en la que se convirtió la voz de los Redondos.

En una entrevista con Pergolini, Solari lo dijo claro. “Mi público no entiende de sold out”. Es decir, no importa dónde toque y cuánta gente entre donde toca: todos los ricoteros irán, con o sin entrada, y entrarán. De huevo. Porque esa es una de las tantas máximas de las misas ricoteras. Influye, lógicamente, el precio de las entradas. En el show de Olavarría salían 800 pesos, precio que muchos fanáticos no puede pagar. Pero eso no les quita la chance de ir. Van igual, entran cuando los controles colapsan porque es imposible cachar o cortar las entradas a más de doscientas mil personas.

El ambiente estaba extraño desde días antes. De hecho, en el Facebook de la esposa de Solari, el cantante advirtió: “No pequen de inocentes y cuiden a quien tienen al lado. Este es un momento especial. Hay intereses oscuros que con pocos miembros pueden alterar la fiesta. A bailar y cantar es a lo que vamos y eso haremos. El sábado, a cuidarse y a cuidar de quienes nos rodean, aunque no los conozcamos. Cierta gente de mierda (debería puntualizar: PODEROSA gente de mierda) se regodearía si alguien sale lastimado. No le demos el gusto”.

Una de las frases del Indio que se transformó en banderas, tatuajes y grafitis dice: “En manos de pavotes, todo el sueño quedó. Disfruta los placeres que te quedan sin dañar”.

La seguiremos cantando mientras seguimos dañando todo lo que nos da placer. Porque en este país nunca aprendemos.