Enero, en el pleno verano. Así estamos todos. Involucrados en esta caliente cruzada que nos lleva de vacaciones. En la media docena de horas que no dejan varados en la montaña, antes o después del mar. Con las intenciones altas de subirse a un low cost (guarda). En la eterna ruta al Atlántico. O nos […]

Enero, en el pleno verano. Así estamos todos. Involucrados en esta caliente cruzada que nos lleva de vacaciones. En la media docena de horas que no dejan varados en la montaña, antes o después del mar. Con las intenciones altas de subirse a un low cost (guarda). En la eterna ruta al Atlántico. O nos mantiene en la insoportable levedad del trabajo cuando nadie quiere trabajar. Bajo los efectos del sol, o del aire acondicionado. Estirando las noches, ahuyentando mosquitos, prepoteando a la mañana que está por venir.

 

Porque si estuviéramos parados en otro punto cardinal, nos acogeríamos al frío invierno. Como en la America del Tío Sam, que ahora es del Tío Donald, en la Europa del viejo continente. Es como nuestro destino, siempre estamos enfrentados. Porque cuando acá hace calor, allá es puro fresquete. Y viceversa. Quizás los más desarrollados inventen algo para que el frío sea una cuestión exclusivamente del tercer mundo. Pero no. Acá también llega, se queda, y se reproduce el verano. En la playa, en la montaña, en las sierras, con la pile, en un río, en los shopping, en las calles. En todos lados se respira vacaciones, aunque no estén ni cerca.

 

Y de vacaciones en alguno de esos bellos parajes donde la naturaleza gobierna, la vegetación salvaje tiraniza, la fauna comparte en democrático acuerdo con la flora, sin que tenga voz ni voto la civilización, que suele imponer sus principios y relegar las merecidas reivindicaciones de trigales, maizales, sojales, se nos da por eso de imaginar. Una fantasía siempre es más fácil reposado en lo tibio de las arenas marítimas, o bajo las estrellas encendidas de la noche. “Yo quería ser astronauta” comenta un relajado, mientras sus hijos le reclaman palmeras y cuchuflí, o choclo y pirulín (según la orilla de la costa elegida) porque se acerca un vendedor. En eso la señora lo vuelve a la tierra: “¿Vos? Si de casualidad te podés mover por este planeta querés conquistar el espacio exterior? Pero quién te quita lo soñado. “Yo quiero explorar el Machu Pichu, o la selva amazónica, o...”, dice ella, mientras ojea la revista “Bolas”, seudo representante de una “Rabiolandia”, a pesar de que sale el doble que si la comprase en el kiosco, a media cuadra de ahí. “¡No te aguantás los mosquitos en la noche y querés nadar con las sanguijuelas! ¡Já e’ joder!”, le recrimina su media naranja más amarga que un limón para milanesa. Pero quién te quita lo fantaseado.

 

Así somos. Un grupo de científicos no identificados que desarrollan distintas teorías para la vida en pareja (que después ninguna pareja aplica, porque terminan haciendo cualquier cosa menos asumir los consejos de los entendidos en la materia), realizó un estudiado estudio basado en muchas frases que solemos decirle a nuestra otra persona que tenemos al lado, con el fin de llegar a buen puerto o como simples herramientas de discusión. En muchos de los resultados, las situaciones derivaron en verdaderos líos conyugales que en verdad se podrían haber evitado si uno tiene en cuenta este tipo de cosas que le puede llegar a decir al otro. Lo cierto es que en verano deberíamos darle vacaciones a esos contrapuntos. Una fantasía más, una ilusión irrealizable menos, ¿cuál es el problema?