Por Walter Vargas (Agencia Télam) Y ahora, cuando el papelón se diluyó entre los densos nubarrones de las amenazas y Lionel Messi supo callar hasta a sus más venenosos detractores; ahora, con el cupo del Mundial asegurado y cuando la ocasión invita al brindis, ahora mismo se presenta la invalorable oportunidad de desandar el camino […]

Por Walter Vargas (Agencia Télam)

Y ahora, cuando el papelón se diluyó entre los densos nubarrones de las amenazas y Lionel Messi supo callar hasta a sus más venenosos detractores; ahora, con el cupo del Mundial asegurado y cuando la ocasión invita al brindis, ahora mismo se presenta la invalorable oportunidad de desandar el camino y sacar las conclusiones que urgen.

Y las conclusiones, las que urgen, dejan escaso margen para la mirada indulgente.

Esta travesía, la de las eliminatorias, empezó muy mal, siguió muy mal y estuvo a 90 minutos de rubricar a tono con el tobogán: en clave de catástrofe.

Tres conductores de la AFA, otros tres directores técnicos, cientos de jugadores y un desbande expresado en la cancha en un equipo que jamás consolidó algo parecido a un estilo.

Es que por más que 18 partidos sean suficientes para poner a cada quien en su lugar y se supone que Argentina debe de estar entre los cuatro primeros llueva o truene, no hay en Sudamérica rivales de la pasmosa blandura que abundan en Europa, por ejemplo.

No hay por acá caramelitos del tipo de San Marino, Andorra, Moldavia, Kosovo, Gibraltar, sigan las firmas.

De ahí que el corso a contramano que resultó la Selección tuvo el alto costo infligido por oponentes que con virtudes y defectos no dejaron de dar el mínimo esperable de un aspirante al Mundial, incluso Venezuela (al que no se venció ni allá ni acá), incluso Bolivia.

¿Era indispensable que Argentina quedara afuera del Mundial para asumir el baño de humildad?

No, no era indispensable, en todo caso indispensable fue el castigo de haber llegado al último partido sin garantías ni sosiego.

Se supone que el baño de humildad ya es un hecho consumado que recorre el entendimiento y el magullado ego de dirigentes y jugadores, por qué no de la comunidad futbolera siempre al borde del caricaturesco sobreentendido de que Dios y el fútbol son argentinos.

En fin, ayer amanecimos con una Selección en el Mundial pero nada más lejos que disponer de una gran Selección para el Mundial.

Parece un juego de palabras, pero en rigor no es un juego de palabras.

Por lo menos hasta nuevo aviso, Argentina tiene un entrenador que no llegó hace tanto y adeuda perfilar su idea con nitidez, un funcionamiento de equipo en pañales, o ni siquiera, más un nombre propio, el de Messi, que bien puede ser un universo en sí mismo o una estrella solitaria, mustia, enferma de opacidad.

El viceversa Messi + equipo es una materia pendiente e inmune a la clasificación al Mundial 2018.

Por lo contrario, será una materia cada vez más necesaria y más poblada de dificultades.

El sentido común pide a los gritos una renovación del plantel y del fuego bautismal de un grupo de futbolistas que llegó al partido de anoche con inquietantes síntomas de vejez en el alma.

Aventurero como es, Sampaoli deberá arriesgarse a meter mano a fondo y en el riesgo mismo anidará la recompensa.