Hay varios ejemplos de formas alternativas de vivir la vejez que, si bien en el mundo ya tienen más de 50 años, en Argentina comienzan a sumar adeptos.

Un lote rural en las afueras de Posadas comprado entre amigos para vivir tras jubilarse, un edificio en el barrio porteño de Belgrano gestionado por una mutual y un complejo de viviendas sociales en la localidad bonaerense de Tapalqué, ambos exclusivos para personas mayores, son ejemplos de formas alternativas de vivir la vejez que, si bien en el mundo ya tienen más de 50 años, en Argentina comienzan a sumar adeptos.

“Hace unos años decidimos comprar terrenos en una zona rural cercana a Posadas entre cuatro matrimonios y empezamos a construir cada uno su casa, pero dejando espacios de uso común”, cuenta a Télam Inés Arias, una antropóloga de 68 años.

Para Inés, “el proyecto fue madurando con el tiempo. Primero la idea era ir los fines de semana, y eso hicimos. La relación entre nosotros fue creciendo: almorzamos juntos, tomamos mate, compartimos charlas, libros, música, cine. Y si bien hoy todos seguimos en actividad, el objetivo es ir a vivir allí cuando nos jubilemos”.

Arias, quien es subsecretaria de Adultos Mayores del Ministerio de Desarrollo Social de Misiones, asegura que “sentimos que es una experiencia maravillosa, digna de replicar; se necesitan recursos pero también creatividad y voluntad, de hecho nuestros terrenos están lejos de toda zona turística por lo que no fueron tan caros” e indica que buscará “impulsar y motivar estos proyectos” desde la gestión pública.

Sentada a la sombra del jardín del edificio de “Vida Linda” -la mutual que gestiona un proyecto pionero en el rubro en el barrio de Belgrano-, donde reside hace más de una década, Oro, de 92 años, afirma que “aquí encontré otra familia, yo tengo mi familia que es maravillosa, pero aquí me hice amigas y compañeras”.

Antes de ir a Vida Linda, Oro vivía sola en un departamento: “Era muy bonito pero no sabía quién estaba al lado, vivía completamente sola. Yo conocía esta experiencia entonces decidí vender mi casa y mudarme acá. Hoy si quiero ver gente bajo y están las chicas jugando al burako, charlando, tomando sol”, describe.

A su lado, Liliana de 85 años, tuvo otra vivencia: “Yo vine porque me convencieron mi hija y mi yerno, pero no quería porque me imaginaba que me iban a decir cuándo comer, a qué hora dormir; pero además pensaba que al haber otras personas mayores iban a estar mal cognitivamente y me iba a deprimir”, cuenta.

A cuatro años de vivir en el edificio, Liliana sostiene que “la experiencia es completamente distinta a lo que yo imaginada, aquí encontré pares con quien hablar, me hice amigas, tenemos problemas en común, y todas tratamos de estar lo más lúcidas posible”.

“Si bien todas tenemos hijos, nietos y bisnietos, ellos hacen su vida y está muy bien; entonces esa demanda afectiva que uno tiene la compensamos entre pares, y somos muy felices”, asegura.

Con más de 50 años de existencia, “Vida Linda es un proyecto de un matrimonio de judíos alemanes para dar solución al ‘nido vacío’. Ellos construyeron con diferentes aportes este edificio y echaron a andar la idea”, explica por su parte Abel Evelson, presidente del Consejo Directivo de Vida Linda.

El edificio cuenta con 100 departamentos independientes. Para acceder a uno, la persona mayor paga una cuota de ingreso equivalente a poco menos de lo que sale un departamento en la zona, y luego abona por mes un monto similar a las expensas que se utilizan para el mantenimiento del inmueble. Si la persona fallece o se va, el dinero inicial es entregado a quién ella haya designado como beneficiario/a al ingreso.